Misioneros digitales de Latinoamérica, Europa y Asia reflexionaron en San José sobre los retos de la Iglesia en el continente digital, redescubriendo el valor de la mirada humana y el testimonio vivo por encima de los algoritmos.
Pbro. Lic. Luis Hernández Solís
El lio armado en el aeropuerto.
El zumbido del aeropuerto internacional Juan Santamaría en este agosto tenía un ritmo distinto. No era el vaivén habitual de turistas buscando playas o selvas centroamericanas ya que se sentía en el aire una expectativa casi eléctrica, junto a la conmoción del personal de migración con desenas de personas con un mismo destino.
Ver llegar, uno a uno, los rostros de quienes sólo conocía por su foto de perfil o sus videos fue el verdadero punto de partida. Algunos rostros cansados por horas de vuelo, pero con unos ojos que delataban la urgencia de un abrazo real y de una cama para descansar.
Del 18 al 23 de agosto, Casa Pastoral Ma. Ines Teresa Arias en Moravia se convirtió en el epicentro de algo que desbordó por completo la estructura de un evento eclesial tradicional. Esta sexta edición de Hechos 29 no era una convención tecnológica ordinaria.
Más allá de los algoritmos.
Quienes tuvimos el regalo de participar de Hechos 29 no veníamos a buscar fórmulas mágicas para multiplicar likes o descifrar las últimas métricas o conocer a los más famosos. La inquietud que nos quemaba por dentro era mucho más profunda, casi un grito silencioso.
Nos urgía repensar qué significa ser e intentar hacer Iglesia cuando el territorio que habitamos ya no se mide en kilómetros, sino en conexiones o como bien lo diría el Papa Francisco de feliz memoria, en el continente digital.
La jornada arrancó oficialmente el martes con una conferencia de prensa que marcaría la pauta. Allí estuvieron presentes Mons. Lucio Ruiz del Dicasterio para las comunicaciones del Vaticano, Mons. Daniel Blanco Méndez, Obispo Auxiliar de San José y encargado de comunicación del CELAM, Sor Gloriana Cordero, Verónica Brunkow de la Iglesia te escucha de la Santa Sede y el Padre Juan José Montalvo (Padre Borre), fundador de este movimiento surgido en Monterrey.
Una nueva página de la historia misionera.
Fue en ese espacio donde la voz de Monseñor Lucio Ruiz, del Dicasterio para la Comunicación del Vaticano, nos ensanchó el horizonte. Nos recordó con firmeza que lo que estábamos viviendo no era una moda pasajera, sino “una nueva página en la historia misionera de la Iglesia”.
Monseñor Lucio Ruiz nos sacudió con una verdad profunda: las redes sociales no son solo herramientas técnicas, sino un verdadero territorio de misión. Un espacio para “buscar y acompañar a personas en fronteras culturales, existenciales y antropológicas”.
No se trata simplemente de lanzar contenidos al vacío o de saturar los muros de publicaciones estéticas. El verdadero reto que nos puso la Santa Sede sobre la mesa es aprender a comunicar amor y presencia viva, logrando que la fe se mueva a un solo clic.
Menos pantallas, más miradas.
Tras los micrófonos institucionales, el verdadero tono del encuentro lo dictó la vida compartida. El ministerio “Jesucristo jugando y cantando” nos sacudió el martes por la tarde la rigidez, recordándonos que la fe se anuncia con la alegría que desarma cualquier cinismo digital.
El “Padre Borre” nos soltó una provocación que se quedó clavada como una espina: “Que estos días sean de menos pantallas y más miradas”. Nos desafió a no publicar absolutamente nada que no estuviéramos encarnando primero en el día a día.
Nos dolió la pregunta implícita: ¿de qué sirve un video perfecto si por dentro nos carcome la competencia por el alcance? Volvimos a esa llamada del Papa Francisco que ya es marca registrada en Hechos 29: “samaritanear” en las redes sociales.
Significa bajarse del caballo del propio orgullo y detenerse ante el herido que deambula en los comentarios. Implica escuchar el dolor ajeno y acompañar sin la tentación de juzgar desde la comodidad de un teclado.
La trampa del espejo.
A mitad de semana, la reflexión se tornó más íntima y exigente en la Eucaristía. Monseñor Daniel Blanco nos puso frente a un espejo incómodo pero vital, advirtiéndonos sobre el gran riesgo de nuestra misión: el ego.
En un ecosistema donde la visibilidad se confunde con el éxito, ¿a quién buscamos realmente? ¿Queremos seguidores para el Maestro o hinchas para nuestro propio altar de vanidad?
La tecnología es un puente hermoso, pero jamás puede ser el destino final. El verdadero milagro ocurre cuando somos capaces de tomar a alguien de la mano a través de la pantalla y guiarlo con ternura hasta el umbral del templo físico.
El estallido del festival en Guadalupe.
Pero si hubo un momento donde el entorno digital se rompió para volverse pura vibración humana, fue el sábado 22 de agosto. El gimnasio del Colegio Madre del Divino Pastor, en Guadalupe, se transformó en una fiesta de fe viva.
El Festival de Hechos 29 fue un desborde de testimonios que calaron hondo. El Padre Melson, con esa fuerza tan propia de Colombia, encendió el escenario. Abel de Jesús, llegado desde España, nos regaló su agudeza y esa frescura que conecta de inmediato.
Uno de los momentos más esperados de la noche llegó con el Padre Cristóbal Fones Sj, cuya presencia desató una ovación que demostró que el cariño forjado en las pantallas trasciende cualquier frontera.
Un puente hacia Asia.
El clímax de la noche tuvo un acento asiático muy especial. Subieron al escenario los representantes del comité organizador de la próxima Jornada Mundial de la Juventud, provenientes de Corea del Sur.
Fue entonces cuando soltaron el anuncio más esperado de todo el encuentro, provocando un estallido de alegría colectiva: el próximo Hechos 29 cruzará el océano para celebrarse en Corea, latiendo en el mismo corazón de la próxima JMJ.
Escribiendo el capítulo 29.
Hacia el domingo 23, el regreso a casa se sentía inminente, pero las maletas ya no pesaban lo mismo. Volvíamos con el corazón encendido y llenos de nombres; no de usuarios de Instagram, sino de hermanos reales.
La Sexta edición de Hecho 29 finalizó, sabiendo que el libro de los Hechos de los Apóstoles no se cerró en el capítulo 28. El capítulo 29 lo estamos tejiendo nosotros, con cada mensaje respondido a altas horas de la noche a quien busca esperanza.
Al final, confirmamos que el contenido más valioso no es un diseño perfecto, sino el testimonio de una Iglesia que sabe amarse y caminar junta. En este 2026, Hechos 29 nos permitió conocer al ser humano antes que al influencer, encontrando hermanos entrañables en el camino que llegaron para quedarse.

