113 años de fe: la Procesión Jurada al Sagrado Corazón de Jesús.. ¡Una tradición que sigue valiendo la pena!

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En una época gobernada por la tecnología, la inmediatez de la información y la digitalización, así como por la influencia de la globalización cultural, que incide especialmente sobre las generaciones más jóvenes al propiciar la adopción de posturas ideológicas o cosmovisiones religiosas de carácter sincrético, donde la figura de una deidad personal parece diluirse entre otros conceptos de trascendencia, resulta inevitable preguntarse si manifestaciones de fe como la Procesión Jurada al Sagrado Corazón de Jesús, que en el caso de la ciudad de Alajuela supera los 113 años de historia, siguen teniendo sentido y valía para la sociedad.

Ante las distintas formas de comprender la trascendencia, que con frecuencia combinan tradiciones religiosas o filosóficas sin un verdadero sentido de pertenencia ni de continuidad con las raíces históricas de nuestros pueblos, surge un desafío y, al mismo tiempo, una invitación a redescubrir el valor de aquello que ha dado identidad a nuestras comunidades y que no puede simplemente olvidarse o sustituirse por considerarse obsoleto o vacío.

En el caso de la Procesión Jurada al Sagrado Corazón de Jesús en Alajuela, heredada de los primeros pobladores de la ciudad, esta representa, para la historia contemporánea alajuelense, no un ancla que impida el progreso o el pensamiento crítico, sino una brújula que nos recuerda quiénes somos, de dónde venimos y cuáles son los valores que han sostenido a nuestras familias y comunidades.

Esta, a su vez, interpela nuestro presente frente a realidades como la violencia, el crimen organizado, la crisis de salud mental, el debilitamiento de los vínculos familiares, la indiferencia y la pérdida del sentido de trascendencia. Nos invita a preguntarnos qué valores hemos dejado atrás y cuáles necesitamos recuperar para construir una sociedad más humana, más solidaria y más esperanzadora. No para concluir que todo en nuestro presente está perdido o que las cosas eran mejores hace un siglo, sino para comprender qué es lo que realmente necesita el hombre de hoy y qué ha perdido, de modo que nuestro presente, moderno, tecnológico y globalizado, pueda iluminarse por aquellos valores irrenunciables y esenciales que han dado identidad a nuestros pueblos.

Lejos de constituir una expresión religiosa aislada de la realidad, la Procesión Jurada se presenta como una verdadera interpelación a la conciencia de nuestro tiempo. Cada año nos recuerda que el desarrollo tecnológico, el crecimiento económico y los cambios culturales, aunque necesarios, no bastan por sí solos para responder a las preguntas más profundas del ser humano ni para sanar las heridas que experimenta nuestra sociedad. Toda comunidad necesita símbolos que custodien su memoria, fortalezcan su identidad y le recuerden aquellos valores que ninguna innovación puede sustituir: la dignidad de la persona, la solidaridad, la esperanza y la trascendencia. Cuando un pueblo pierde esos referentes, corre también el riesgo de olvidar aquello que le permitió mantenerse unido a lo largo de su historia.

Por ello, aun sin mencionar explícitamente su dimensión religiosa y espiritual, esta procesión posee un profundo valor como horizonte de significado. Nos permite reconocernos como parte de una historia mayor que nosotros mismos y comprender que la identidad de un pueblo no se improvisa; se construye, se celebra y se transmite.

Durante 113 años, la Procesión Jurada ha recorrido las calles alajuelenses como un símbolo de esperanza y un patrimonio vivo de la identidad y del sentir de generaciones enteras. Ha permanecido vigente pese a los cambios sociales, culturales e ideológicos, convirtiéndose en un espacio donde convergen la fe, la cultura, la conciencia social, el arte y el legado espiritual de quienes, todavía hoy, confían en continuar esta tradición.

Por eso, después de más de un siglo de celebración ininterrumpida, la Procesión Jurada al Sagrado Corazón de Jesús sigue valiendo la pena. Vale la pena participar en ella, acompañarla, enseñarla y defenderla, porque representa mucho más que el recorrido por las calles de una imagen antiquísima o una devoción que algunos califican, de manera peyorativa, como “cosa de nuestros abuelos”. Es una expresión viva de la memoria de un pueblo y de la fe que ha acompañado a generaciones enteras en los momentos de alegría, de sufrimiento y de esperanza.

¿Cómo podremos mantenerla viva frente al avance del secularismo, la apatía religiosa y la pérdida de nuestros valores? La respuesta dependerá de nosotros. Esta tradición, este camino de fe y esta peregrinación, que representa el caminar del cristiano hacia Dios, permanecerán vivos en la medida en que continúe construyéndose una auténtica historia de fe en la vida cotidiana; en las promesas que se cumplen, en las familias que encuentran cada día la fuerza de Dios y en quienes se dejan conducir, no por la nostalgia ni por una simple imposición cultural, sino por el testimonio de un verdadero encuentro con Cristo.

Cuando la fe nace de ese encuentro personal, deja de ser una costumbre para convertirse en una forma de vivir, de amar y de servir. Solo una fe vivida con autenticidad puede permear nuestras familias, nuestras comunidades y la cultura misma, haciendo de esta tradición no un recuerdo del pasado, sino un signo vivo de esperanza para las generaciones presentes y futuras.

Que esta Procesión Jurada no sea únicamente un homenaje al pasado, sino una invitación permanente al presente; al hoy de Dios, que sigue llamando desde su Sagrado Corazón a encontrarnos con Cristo y a anunciarlo con el testimonio de nuestra propia vida.