Con profunda alegría nos reunimos en esta mañana de Jueves Santo, en torno al altar
del Señor, como Iglesia diocesana convocada y reunida por el Espíritu. Esta
celebración de la Misa Crismal tiene un carácter singular, nos hace contemplar el
misterio de Cristo, el Ungido del Padre y, al mismo tiempo, nos permite reconocernos
como un pueblo también ungido, llamado y enviado. Es una de las expresiones más
bellas de nuestra comunión.
En la primera lectura (Isaías 61,1-3a.6a.8b-9) el profeta nos revela que la unción del
Espíritu no es un privilegio aislado, sino una misión para el bien de todos: anunciar la
buena noticia a los pobres, sanar los corazones heridos y proclamar la libertad. En
Cristo, se cumple plenamente esta palabra, pero también se prolonga en todo el Pueblo
de Dios. Esta lectura nos invita a reconocer que la Iglesia entera está llamada a ser
presencia de consuelo, de justicia y de esperanza en medio del mundo, especialmente
allí donde hay dolor y exclusión.
El salmo (88 (89) nos hace cantar la fidelidad de Dios que nunca abandona a su pueblo.
Él unge, sostiene y acompaña a quienes ha llamado. No se trata solo de una promesa
del pasado, sino de una certeza para hoy. Cada fiel puede apoyarse en esta fidelidad
divina que fortalece, levanta y guía. En medio de nuestras fragilidades personales y
comunitarias, proclamamos que el Señor permanece fiel y sigue actuando en su Iglesia
con amor y firmeza.
El Apocalipsis (1,5-8) nos presenta a Jesucristo como el testigo fiel, el primogénito de
entre los muertos y el soberano de los reyes de la tierra. Él nos ha amado y nos ha
lavado de nuestros pecados, haciéndonos un reino de sacerdotes para Dios su Padre.
Aquí se revela la dignidad de todo el pueblo de Dios, llamado a participar del
sacerdocio de Cristo.
Jesús, (Lc 4,16-21) en la sinagoga de Nazaret, proclama el cumplimiento de la profecía:
Él es el Ungido que trae la buena noticia a los pobres. Este pasaje es programático,
revela el corazón de su misión. Él es el Ungido que viene a anunciar la buena noticia a
los pobres, a vendar los corazones heridos, a proclamar la libertad y a inaugurar un
tiempo de gracia. Pero también es una llamada para la Iglesia a continuar hoy esa obra
de Cristo.
Estamos llamados a hacer presente ese “hoy” de la salvación, siendo instrumentos
vivos de la gracia, la misericordia y la liberación que Cristo ofrece a su pueblo. Por el
bautismo, todos nosotros hemos sido ungidos y hemos recibido una dignidad
inmensa: somos un pueblo sacerdotal, profético y real. Esta verdad no es solo
teológica; es profundamente existencial. Cada un o de nosotros participa de la misión
de Cristo en medio del mundo. En los hogares, en los trabajos, en las comunidades,
estamos llamados a ser luz, sal y fermento del Reino.
Hoy, de manera muy especial, bendecimos los óleos de los catecúmenos y de los
enfermos, y consagramos el santo crisma. Estos signos hablan con fuerza a nuestra
vida. El óleo de los catecúmenos nos recuerda que la vida cristiana es un camino, una
lucha sostenida por la gracia. El óleo de los enfermos nos revela la ternura de Dios que
no abandona en el dolor, que consuela y fortalece en la fragilidad. Y el santo crisma,
perfumado y consagrado, nos habla de la plenitud del Espíritu que consagra, envía y
configura con Cristo.
Hablan también los óleos de un pueblo que camina unido. El óleo de los catecúmenos
introduce en una comunidad; el óleo de los enfermos une el sufrimiento de cada uno
al de toda la Iglesia; el santo crisma consagra para una misión que siempre es eclesial,
nunca individualista.
En estos signos se manifiesta la cercanía de Dios. Él no es indiferente a nuestra historia.
Él toca nuestra vida, nos levanta, nos sana, nos consagra. No dejemos que esta gracia
pase de largo. Abramos el corazón a la acción del Espíritu.
Este año celebramos esta liturgia iluminados por nuestro lema diocesano: “La vida
fraterna en comunidad”. Es una llamada del Espíritu. La vida fraterna no se apoya solo
en nuestras fuerzas, sino en la fidelidad del Señor que nos reúne y sostiene.
Comprendemos hoy que esta vida fraterna nace precisamente de la unción de Cristo y
se sostiene en ella. Hemos sido ungidos para vivir y construir comunidad. La unción
no nos aísla, nos congrega. No nos separa, nos vincula. Nos hace hermanos. Por el
bautismo, todos participamos de la vida de Cristo y somos llamados a formar un solo
cuerpo. Por eso, la vida fraterna es parte esencial de nuestra identidad cristiana.
Esta celebración es la manifestación visible de que la Iglesia no es una simple suma de
individuos, sino un solo cuerpo reunido en torno a Cristo. En esta celebración, yo como
obispo, y ustedes, sacerdotes, consagrados y fieles laicos nos congregamos como una
única familia, recordando que hemos sido ungidos por el mismo Espíritu en el
Bautismo. La bendición de los óleos y la consagración del crisma expresan
sacramentalmente que compartimos una misma vida y misión, y que estamos
llamados a cuidarnos, sostenernos y caminar juntos.
Además, la renovación de las promesas sacerdotales que vamos a realizar en esta
celebración no es un acto aislado del clero, sino un gesto que fortalece la comunión con
todo el Pueblo de Dios. Los sacerdotes renovamos nuestra entrega para servir,
acompañar y edificar comunidades vivas; y ustedes, al acoger este ministerio,
reafirman también su corresponsabilidad en la vida y misión de la Iglesia. Así, esta
Misa Crismal se convierte en una escuela de fraternidad, donde se aprende que cada
vocación existe para las demás.
Por eso, esta celebración interpela directamente la vida diocesana: nos llama a pasar
de una fe vivida de manera individual a una fe compartida, donde la cercanía, la
escucha, el perdón y la solidaridad sean rasgos concretos de nuestras parroquias y
comunidades. La unción que recibimos es signo de consagración, y también fuerza
para construir comunión. Solo siendo verdaderamente hermanos, reunidos en
comunidad, podemos ser una Iglesia creíble y misionera.
Y ahora me dirijo con particular afecto a ustedes, queridos hermanos sacerdotes.
En medio de esta Iglesia que peregrina en nuestra diócesis, ustedes son un don
inmenso, a veces silencioso, pero absolutamente decisivo. Estoy cerca de ustedes. Los
llevo en mi oración diaria. Me alegran sus entregas silenciosas, muchas veces
escondidas, acompañando al pueblo fiel en sus alegrías y en sus penas; me duelen sus
dificultades, me preocupan sus cargas. Y quiero decirles, con toda claridad: gracias por
permanecer, por servir, incluso cuando el peso del ministerio se hace duro.
La unción recibida nos configura con Cristo Siervo, y nos envía a ser signos de
consuelo, justicia y esperanza en medio del pueblo. No olviden nunca quiénes son:
hombres ungidos por el Señor, no para sí mismos, sino para una misión
profundamente sanadora y liberadora con su pueblo. La unción no nos aparta, nos
compromete más profundamente con la vida concreta de la gente. Sean pastores
cercanos, con olor a oveja, con corazón disponible, con mirada misericordiosa. El
pueblo no requiere sacerdotes perfectos, sino hombres de Dios con corazón de padre,
capaces de escuchar, de acoger, de acompañar, especialmente a los más pobres, a los
que sufren, a los que están lejos.
Renovamos hoy nuestras promesas sacerdotales. No lo hacemos como un simple
recuerdo del día de nuestra ordenación, sino como una entrega renovada, consciente
y agradecida. Sabemos que el camino no siempre es fácil. Experimentamos en nosotros
limitaciones, fragilidades, e incluso, a veces, la incomprensión, pero, ante todo, la
fidelidad de Cristo que sostiene nuestra opción.
Cuidemos con esmero nuestra vida espiritual, nuestra relación con el Señor. Sin
oración, sin escucha de la Palabra, sin una relación viva con el Señor, el ministerio se
vacía y se vuelve pesado. Volvamos cada día a la fuente, a ese primer amor que nos
conquistó.
Vivamos la fraternidad sacerdotal. No caminemos solos. Nuestra vocación está
profundamente marcada por la fraternidad. No dejemos que la rutina, las diferencias
o el individualismo enfríen nuestros vínculos. Necesitamos encontrarnos como
hermanos, apoyarnos, escucharnos, sostenernos, corregirnos con caridad,
animémonos en la misión. Los fieles necesitan vernos como hermanos que se quieren
y se apoyan. La comunión entre nosotros es un signo poderoso para la Iglesia.
Vivamos también la cercanía con nuestras comunidades. Seamos pastores que
construyen comunión, que promueven la participación, que integran, que sanan
divisiones. No podemos anunciar a Cristo si no vivimos entre nosotros la fraternidad
que predicamos.
Y finalmente, no pierdan la alegría. La alegría serena, profunda, que nace de saberse
llamados y amados por el Señor. La alegría es el primer testimonio que nuestro pueblo
necesita y se fundamenta en que Cristo nunca abandona a quienes ha llamado.
Queridos hermanos, dejemos que hoy el Señor renueve nuestra unción. Que el óleo
que consagramos nos recuerde que nuestra vida le pertenece a Él y que hemos sido
enviados para ungir con misericordia, para sanar heridas, para ser constructores de
comunidad, para anunciar esperanza. Que nuestras manos, ungidas, sean manos que
bendicen, que reconcilian, que levantan. Que nuestro ministerio sea siempre un puente
de comunión.
Cuenten conmigo. Camino con ustedes y los llevo en el corazón. Y juntos, como una
sola familia, sigamos sirviendo al pueblo santo de Dios, construyendo esa vida fraterna
en comunidad a la que hemos sido llamados.
Y a ustedes, queridos fieles, les pido: recen por sus sacerdotes, acójanlos, caminen con
ellos. Los necesitan. Sosténganlos con su oración, con su cercanía, con su comprensión.
Juntos, como Iglesia, podremos responder mejor a la misión que el Señor nos confía.
Querido pueblo de Dios: la Pascua que nos disponemos a celebrar es una invitación a
renovar nuestros vínculos. Nuestro país y nuestra Iglesia necesitan comunidades
vivas, fraternas, acogedoras. Necesitan espacios donde se experimente la cercanía, el
perdón, la solidaridad.
Que esta Misa Crismal renueve en todos nosotros la certeza de que Cristo vive, que su
Espíritu actúa y que su Iglesia sigue siendo ungida para llevar al mundo la buena
noticia.
Encomendamos nuestra Iglesia diocesana a la intercesión de María, mujer fiel,
discípula y madre. Que ella nos enseñe a vivir con disponibilidad y confianza, a
permanecer junto a la cruz y a alegrarnos en la luz de la Pascua.
+Mons. Bartolomé Buigues Oller T.C.
