Estimadas hermanas y hermanos. El Señor nos convoca en un día especialmente significativo para nuestra vida cristiana y para la vida del país. Nos reunimos como comunidad de fe para escuchar la Palabra de Dios, y al mismo tiempo, vivimos una jornada decisiva para la democracia, en la que estamos llamados a ejercer responsablemente nuestro derecho y deber de votar.
El profeta Sofonías (2,3;3,12-13) anuncia que Dios no se complace en la autosuficiencia ni en el poder, sino que pone su mirada en los humildes y pobres de espíritu, en aquellos que buscan al Señor con corazón sincero. El “resto de Israel” que Dios preserva, no se define por la fuerza, sino por la fidelidad y la confianza en Él. Esta lectura nos prepara para comprender que la verdadera bendición no nace del orgullo ni de la violencia, sino de una vida sencilla, justa y confiada en Dios.
El salmo (146 [145]) proclama la fidelidad de Dios que sostiene a los humildes, hace justicia a los oprimidos y cuida de los más frágiles. Frente a la tentación de poner la confianza en el poder humano, el salmista invita a apoyarse únicamente en el Señor, que reina para siempre y nunca defrauda. Este canto refuerza la certeza de que Dios está del lado de quienes no cuentan, y que su acción salvadora se manifiesta especialmente en favor de los pobres.
San Pablo (1 Corintios 1,26-31) recuerda a la comunidad de Corinto que Dios elige lo débil, lo necio y lo despreciado del mundo para manifestar su sabiduría y su poder. La salvación no es motivo de orgullo humano, sino de gratitud, porque todo es don recibido en Cristo Jesús. Esta lectura desarma toda pretensión de autosuficiencia y nos invita a gloriarnos únicamente en el Señor, reconociendo que es Él quien da sentido, dignidad y plenitud a nuestra vida.
Las bienaventuranzas (Mateo 5,1-12) constituyen el corazón del mensaje de Jesús y revelan la lógica del Reino de Dios, profundamente distinta a la del mundo. Jesús proclama felices a los pobres, a los mansos, a los que lloran, a los misericordiosos y a los perseguidos, porque en ellos ya está actuando el Reino. No se trata de exaltar el sufrimiento, sino de anunciar que Dios está cerca de quienes confían en Él y viven según su justicia. Las bienaventuranzas son, a la vez, promesa de esperanza y camino concreto de vida cristiana.
Las lecturas de este domingo nos recuerdan que el camino de la felicidad según Dios no coincide con los criterios del mundo. Las bienaventuranzas nos revelan que la verdadera fuerza del creyente y de la Iglesia no está en el poder, en el prestigio o en la autosuficiencia, sino en la humildad, la confianza en Dios y la cercanía a los pobres. Dios elige lo pequeño para manifestar su grandeza y nos invita a gloriarnos solo en Él. Si acogemos esta lógica del Reino, nuestra vida personal se transforma y nuestra Iglesia se vuelve más evangélica, más fraterna y creíble. Sigamos a Cristo por el camino de las bienaventuranzas, sabiendo que allí está la verdadera alegría y la esperanza que no defrauda.
La Palabra proclamada tiene unas consecuencias pastorales para la vida personal: son una invitación a la conversión del corazón y del estilo de vida, a revisar en qué ponemos nuestra seguridad. Personalmente, esto implica optar por un estilo de vida más sencillo, menos centrado en el éxito, el poder o la apariencia, y más abierto a la acción de Dios.
Las bienaventuranzas son un camino concreto y posible. En lo personal, somos llamados a dejarnos moldear por estas actitudes: mansedumbre, misericordia, hambre de justicia, capacidad de sufrir por fidelidad al Evangelio. La santidad cotidiana pasa por asumir esta lógica del Reino.
Otra consecuencia pastoral es la invitación a una espiritualidad marcada por la gratitud, no por la comparación ni la competencia. Esto libera de la ansiedad por sobresalir y ayuda a vivir la fe con alegría y confianza.
Para el caminar como Iglesia, la Palabra nos exhorta a reconocernos como el pueblo de los pobres y pequeños de Dios. Pastoralmente, esto exige una Iglesia que no se apoye en privilegios, sino en la fuerza del Evangelio; una Iglesia cercana, sencilla, capaz de escuchar y de caminar con los más frágiles.
Promover en todas las instancias pastorales un estilo sencillo, de servicio y de escucha, que refleje la lógica de las bienaventuranzas y evite toda forma de clericalismo o autorreferencialidad.
Hay que superar criterios mundanos y atreverse a revisar estilos de liderazgo, estructuras y lenguajes, para que reflejen la lógica de las bienaventuranzas y no la del poder o la autosuficiencia y la autoridad se viva como entrega y corresponsabilidad.
Es ineludible la opción preferencial por los pobres y excluidos traducida en una presencia solidaria en las realidades de sufrimiento, en las periferias, la defensa de la dignidad humana, el compromiso con la justicia y la paz.
Evaluar la vida pastoral no solo por números o actividades, sino por la calidad evangélica de las relaciones, la comunión, la participación y el crecimiento espiritual de las comunidades.
Vivir las bienaventuranzas es también un criterio de credibilidad. Una Iglesia que vive la mansedumbre, la misericordia y la búsqueda de la justicia se vuelve signo del Reino y luz para el mundo. El testimonio vale más que los discursos.
El llamado a la humildad y a la centralidad de Cristo fortalece la comunión eclesial. Estas lecturas nos empujan a una Iglesia que camina unida, donde nadie se impone sobre los demás y donde todos se reconocen necesitados de la gracia de Dios. Sean las bienaventuranzas el criterio de vida y relación de las comunidades.
Votar este domingo sí importa, y mucho. No es un mero trámite: es un acto de responsabilidad cívica.
¿Por qué votar? Porque el voto es la manera concreta de participar en la construcción del bien común. Con él expresamos qué país queremos, qué valores deben orientar las políticas públicas y a quién confiamos decisiones que afectarán la vida de las familias, la educación, la salud, la economía, la seguridad y el cuidado de los más vulnerables. Cuando alguien se abstiene, deja que otros decidan por él y debilita la voz de la ciudadanía.
La democracia se cuida participando. Costa Rica tiene una tradición democrática valiosa y unas instituciones electorales que merecen respeto y respaldo. Ir a votar fortalece la legitimidad del proceso, protege la paz social y envía un mensaje claro: creemos en el camino democrático y lo defendemos con hechos.
Un creyente debe tener una motivación aún mayor para votar porque su fe no se limita al ámbito privado, sino que ilumina toda la vida, también la dimensión social, cívica y política. Creer en Dios lleva necesariamente a preocuparse por la vida y la dignidad de los demás. Votar en conciencia es una expresión madura de la fe, una forma concreta de amar al prójimo y de colaborar activamente en la construcción de una sociedad más justa y fraterna.
La fe celebrada en la liturgia se prolonga en la vida cotidiana. Así como la Eucaristía nos envía a vivir el amor al prójimo en la vida diaria, el voto es una forma concreta de comprometernos con la sociedad. La presencia de creyentes responsables en la vida democrática contribuye a humanizar la política.
Por eso, aprovechemos ahora. Si no lo hemos hecho ya, al salir de misa, votemos para dar un paso concreto de coherencia entre la fe que celebramos y la responsabilidad ciudadana que asumimos. El voto de cada uno cuenta y es una contribución real a una Costa Rica mejor.
Que nosotros, como creyentes, sepamos seguir siendo sal y luz, antes y después de las elecciones, Que aquellos que serán elegidos se dejen iluminar por el Espíritu Santo para servir y que trabajando juntos por una Costa Rica más fraterna, justa y solidaria. María, Madre de la Iglesia, interceda por nuestra nación.


